La prostitución de la psicología
🗓️12 Oct 2026 🌐 Opinión 👩🦱 Víctor Manuel Salazar Salas 📊 1021 vistas
Prostitución es una de ellas.
La utilizo deliberadamente: no para insultar a los psicólogos, sino para cuestionar qué ocurre cuando una profesión deja de cumplir su propósito para comenzar a satisfacer aquello que debería cuestionar.
Y aquí surge una pregunta incómoda:
¿La psicología está ayudando al ser humano a enfrentar la realidad o simplemente a sentirse cómodo dentro de su propia interpretación de ella?
No hablo de toda la psicología. Sería injusto.
Hablo de una tendencia cultural:
hemos comenzado a confundir validación con verdad y bienestar con transformación.
Una persona puede sentir miedo y estar equivocada.
Puede sentirse víctima y tener responsabilidad.
Puede sentir dolor y estar interpretando mal lo ocurrido.
La emoción es real.
Pero una emoción real no convierte automáticamente en verdadera nuestra interpretación.
Decir:
"Entiendo que esto te duele"
es empatía.
Decir:
"Por lo tanto, tienes razón"
es otra cosa.
Cuando validar se convierte en el final del proceso, la terapia corre el riesgo de dejar de transformar para comenzar simplemente a confirmar.
El consultante dice:
"Así soy."
Y quizá la pregunta que necesita escuchar sea:
"¿Y estás dispuesto a cambiar?"
El problema de una vida sin incomodidad
Hemos llegado a creer que toda terapia debe hacernos sentir mejor.
Pero algunas de las verdades que más necesitamos escuchar duelen.
Aceptar que nos equivocamos duele.
Reconocer que lastimamos a alguien duele.
Aceptar nuestra responsabilidad duele.
Descubrir que nosotros mismos participamos en la construcción de nuestro sufrimiento puede doler todavía más.
Pero quizá ahí comienza la transformación.
Una terapia que nunca incomoda puede convertirse en una terapia que nunca transforma.
Hay dolores que necesitan sanar.
Y hay dificultades que necesitamos atravesar.
Porque la incomodidad no siempre es una enfermedad.
A veces es el gimnasio donde se forma el carácter.
La cultura de la víctima
Vivimos en una época extraordinariamente sensible al sufrimiento.
Eso es bueno.
El problema aparece cuando toda dificultad necesita encontrar un culpable.
Si fracasé, alguien me dañó.
Si estoy frustrado, alguien me limitó.
Si me contradicen, me violentan.
Si tomé una mala decisión, quizá las circunstancias tengan la culpa.
Y poco a poco aparece una figura peligrosa:
la persona que siempre encuentra una explicación para no asumir responsabilidad.
Pero hay una verdad que no deberíamos olvidar:
solamente puedo cambiar aquello de lo que estoy dispuesto a hacerme responsable.
Cuando desaparece la responsabilidad, también desaparece una parte de nuestra libertad.
¿Dónde queda el carácter?
Aquí aparece una palabra que nuestra época parece haber olvidado:
carácter.
Aprender a gobernarse.
No hacer todo lo que sentimos.
No creer todo lo que pensamos.
No obedecer cada impulso.
No exigir que el mundo se adapte permanentemente a nosotros.
Gobernarnos.
Disciplina.
Templanza.
Fortaleza.
Prudencia.
Responsabilidad.
Valentía.
Y quizá deberíamos volver a preguntarnos:
¿Qué clase de persona necesito convertirme para enfrentar la vida que tengo?
Porque existe otra pregunta mucho más cómoda:
¿Cómo conseguimos que la vida se adapte a lo que necesito sentir?
Uno de esos caminos forma personas.
El otro puede formar dependientes.
El terapeuta no debería ser nuestro cómplice
Un buen terapeuta no debería ser un juez.
Pero tampoco debería ser nuestro abogado defensor permanente.
Necesitamos alguien capaz de sostener dos verdades:
"Lo que sientes importa."
Y:
"Lo que piensas puede estar equivocado."
"Lo que te ocurrió fue injusto."
Y:
"Ahora eres responsable de decidir qué harás con ello."
"Tu pasado explica muchas cosa
Y:
"Tu pasado no puede convertirse en una sentencia sobre tu futuro."
Acompañar no significa decirle siempre al otro que tiene razón.
A veces significa acompañarlo mientras enfrenta una verdad que preferiría evitar.
¿Nos está haciendo mejores?
Por eso utilizo una palabra tan fuerte.
Una profesión puede perder su dignidad no solamente cuando hace algo malo.
También cuando renuncia a hacer aquello para lo que existe.
La psicología no debería convertirse en una máquina de producir personas cómodas.
Debería ayudar a formar personas libres.
No se trata de negar el trauma.
Ni de sustituir la ciencia por discursos de voluntad.
Se trata de recuperar una verdad sencilla:
comprender las causas de nuestro sufrimiento y asumir responsabilidad sobre nuestra vida no son cosas contradictorias.
Podemos haber sido heridos y seguir siendo responsables de nuestra recuperación.
Podemos haber recibido una mala educación y decidir educarnos.
Podemos haber tenido malos modelos y convertirnos en buenos modelos.
Podemos haber vivido en el caos y construir orden.
Podemos haber sido débiles y entrenar nuestra fortaleza.
Porque quizá el propósito de acompañar al ser humano no sea enseñarle a vivir sin dificultades.
Eso es imposible.
Quizá sea ayudarlo a convertirse en alguien capaz de enfrentarlas.
Y por eso deberíamos cambiar la pregunta.
No solamente:
¿Te hace sentir mejor?
Sino:
¿Te está haciendo mejor?
Porque no siempre son la misma cosa.
Y quizá en esa diferencia esté la frontera entre una profesión que transforma al ser humano y una profesión que simplemente aprende a complacerlo.
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