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Los cristos antes de Cristo: el seudo-despertar que busca denigrar al Verdadero

🗓️01 Ene 2026 🌐 Opinión 👩‍🦱 Administrador 📊 1007 vistas

Los cristos antes de Cristo: el seudo-despertar que busca denigrar al Verdadero

En los últimos años ha resurgido, con ropaje de “despertar intelectual”, una vieja tesis reciclada: Cristo no fue único; hubo muchos “cristos” antes de Él. El argumento se repite como mantra en redes, documentales sensacionalistas y charlas de café con pretensión académica. La intención es clara: diluir a Jesucristo en una sopa de mitos comparados, convertirlo en “uno más del montón” y, de paso, arrancarle su divinidad y el nervio central de su mensaje redentor.

Este discurso no nace de una búsqueda honesta de la verdad histórica, sino de una estrategia de relativización. Si todo es mito, nada es definitivo. Si Cristo es apenas una copia, entonces su palabra no exige conversión, ni verdad, ni responsabilidad moral. El seudo-despertar promete libertad intelectual, pero termina ofreciendo orfandad espiritual.

El truco del paralelismo forzado

Los promotores de los “cristos antes de Cristo” toman figuras religiosas o mitológicas —de contextos, culturas y cronologías dispares— y las estiran hasta que “encajen” a golpes con el relato cristiano. Nacimientos prodigiosos aquí, dioses solares allá, muertes simbólicas más allá. El método no es histórico ni teológico: es selectivo. Se eligen similitudes superficiales y se ignoran diferencias esenciales.

La pregunta honesta no es si existen ecos religiosos universales —eso nadie lo niega—, sino si alguno de esos personajes cumplió íntegra y concretamente las profecías mesiánicas que el judaísmo preservó durante siglos. Y ahí el edificio del paralelismo se derrumba.

Las profecías: el filtro que no pueden pasar

El Mesías esperado no era un arquetipo vago. Las profecías describen linaje, lugar, tiempo, misión, sufrimiento, muerte y sentido redentor. No bastaba “parecerse” a un dios solar o tener un mito de resurrección simbólica. El Mesías debía encarnar la promesa.

Linaje davídico: no un héroe genérico, sino descendiente concreto.
Nacimiento en un lugar específico: no en la nebulosa del mito.
Vida histórica verificable: bajo autoridades reales, en un tiempo fechado.
Sufrimiento vicario: no triunfo mítico, sino entrega por otros.
Muerte ignominiosa: no apoteosis gloriosa, sino cruz.
Redención universal: no para una casta, sino para la humanidad.

Ninguno de los “cristos” propuestos por el seudo-despertar cumple el conjunto. Algunos coinciden en un punto, otros en dos. Cero los cumple todos. Jesucristo sí.

El mensaje que incomoda

Pero el ataque no se detiene en la historia; apunta al mensaje. Cristo no vino a decorar mitologías, sino a desenmascarar al poder, a revelar al Padre, a romper el ciclo de la ley que asfixia y a elevar la dignidad humana hasta lo impensable: hijos, no siervos. Eso incomoda. Un Cristo relativizado no juzga, no salva, no exige; solo entretiene.

Por eso se insiste en rebajarlo a símbolo. Un símbolo no llama a la conversión; una persona viva, sí. Un mito no interpela la conciencia; el Hijo, sí.

No es copia: es cumplimiento

La historia no presenta a Cristo como eco tardío, sino como cumplimiento. Los relatos anteriores —cuando existen— funcionan, en el mejor de los casos, como sombras de una esperanza humana universal; en el peor, como construcciones mitológicas sin anclaje histórico. Cristo, en cambio, irrumpe en la carne, pisa la tierra, sangra, muere y vence sin espada.

Exhortación final

Y aquí conviene levantar la voz, no con soberbia, sino con temblor y belleza. Porque Cristo no necesita defensa panfletaria, pero el hombre sí necesita recordar. Recordar que no seguimos una idea, sino a Alguien; que no creemos en un mito útil, sino en una Verdad incómoda; que no adoramos un símbolo, sino a un Rostro.

Como en la prosa ardiente de Historia de Cristo de Giovanni Papini, Cristo atraviesa la historia como una herida luminosa: rechazado por los sabios de moda, amado por los sencillos, odiado por el poder, indispensable para el alma. No lo rebajemos para sentirnos cómodos. Elevémonos para comprenderlo.

Porque cuando todo se relativiza, solo queda el vacío. Y frente al vacío, Cristo no compite: resplandece.

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