Quien le escribe los libros realmente a Lopez Obrador?
🗓️02 Oct 2026 🌐 Opinión 👩🦱 Víctor Manuel Salazar Salas 📊 1126 vistas
Por Víctor Salazar
Andrés Manuel López Obrador reapareció y, como era de esperarse, no fue para explicar alguno de los tantos pendientes que dejó su gobierno, sino para presentar otro supuesto libro de su autoría: Pueblo.
Sí, otro libro.
Y mientras lo escuchaba hablar durante más de una hora, atacar nuevamente a Fox, Calderón, periodistas, medios y prácticamente a todo aquel que no comparte su visión política, no pude evitar hacerme la misma pregunta que me he hecho desde hace tiempo:
¿Quién demonios le escribe los libros a López Obrador?
Porque yo, personalmente, no creo que López Obrador tenga la capacidad de sentarse durante meses frente a una computadora, investigar, ordenar información, construir argumentos y redactar cientos de páginas coherentes.
Es mi opinión.
Toda su vida lo he visto como un grillero profesional, un político de plaza, de micrófono y de confrontación permanente. Un personaje extraordinariamente hábil para repetir frases, inventar enemigos, colocar etiquetas, dividir a la sociedad entre buenos y malos y transformar cualquier crítica en una conspiración.
Pero de ahí a imaginarlo construyendo tranquilamente un libro de cientos de páginas existe una distancia considerable.
Me cuesta creerlo.
No digo saber quién escribe sus libros. Precisamente ésa es la incógnita.
¿Investigadores?
¿Académicos cercanos al movimiento?
¿Equipos editoriales?
¿Intelectuales simpatizantes de la llamada Cuarta Transformación?
¿Algún grupo ideológico que construye el discurso y después coloca el nombre del líder en la portada?
No lo sé.
Pero cada nuevo libro que aparece con su nombre aumenta mi curiosidad.
Porque una cosa es hablar durante horas repitiendo las mismas consignas y otra muy diferente escribir. Escribir en serio requiere concentración, estructura, disciplina intelectual, investigación, capacidad para argumentar y, sobre todo, capacidad para cuestionarse uno mismo.
Y esa última característica es precisamente la que menos encuentro en López Obrador.
En su universo político siempre existe un culpable externo.
Fox.
Calderón.
Los neoliberales.
Los conservadores.
Los periodistas.
Los empresarios.
Los intelectuales.
Los medios.
La mafia del poder.
Cualquiera menos él.
Ahora reaparece con Pueblo y nuevamente utiliza la presentación para ajustar cuentas con sus viejos adversarios. El libro podrá tener cientos de páginas, pero el discurso continúa teniendo prácticamente el mismo párrafo desde hace veinte años.
Y eso tiene cierto mérito.
Hay que reconocer que repetir durante décadas la misma historia y todavía presentarla como una revelación requiere una perseverancia admirable.
Su anterior libro, Grandeza, tampoco me parece esa gran obra intelectual que algunos seguidores pretenden presentar. Para mí refleja esa corriente de romanticismo político latinoamericano que habla permanentemente de pueblo, justicia, pobres, imperialismo y revolución mientras algunos de sus principales representantes terminan disfrutando perfectamente las comodidades del capitalismo que tanto cuestionan.
Son revolucionarios hasta que llega la cuenta.
Comunistas para el discurso, capitalistas para administrar sus comodidades.
Críticos de las élites mientras construyen las propias.
Austeridad para el pueblo y privilegios convenientemente explicados para los integrantes del movimiento.
Y luego está esa maravillosa capacidad mexicana para envolver todo en espiritualidad popular cuando conviene. Se habla del pueblo humilde, de valores, de humanismo y hasta de religión cuando resulta políticamente rentable.
Todo cabe dentro del mismo paquete ideológico.
Pero más allá de sus libros, lo que realmente debería ocuparnos no es cuántas páginas dice haber escrito López Obrador.
Lo importante son las páginas de la historia reciente que todavía necesitan explicaciones.
Ahí está el fracaso del INSABI, institución creada durante su gobierno y posteriormente extinguida. Ahí están las observaciones de organismos fiscalizadores, los enormes recursos públicos ejercidos durante su administración y las decisiones que modificaron o desaparecieron instituciones construidas durante décadas.
Eso sí merece capítulos.
Y no escritos por propagandistas.
Escritos por auditores, investigadores, periodistas y, cuando corresponda, fiscales y jueces.
Si existieron irregularidades o desvíos de recursos durante su gobierno, deben investigarse hasta las últimas consecuencias. López Obrador debe responder exactamente bajo las mismas reglas que él exigió durante años para sus adversarios.
Porque gobernar no consiste solamente en subir a una tribuna y acusar a los anteriores.
También significa rendir cuentas.
Por eso me resulta hasta cómico verlo reaparecer para promocionar otro libro y repartir nuevamente golpes verbales contra Fox, Calderón y todo aquel que todavía habita dentro de su interminable catálogo de enemigos.
Dos años después de abandonar Palacio Nacional parece seguir necesitando adversarios para mantenerse políticamente vivo.
Y quizás ahí esté la verdadera explicación.
López Obrador puede retirarse de la Presidencia.
Puede vivir en Palenque.
Puede publicar un libro cada año.
Lo que aparentemente no puede abandonar es el pleito.
Es su combustible político.
Por eso, cuando veo aparecer nuevamente un enorme volumen con su fotografía, su nombre y cientos de páginas atribuidas a su pluma, mi pregunta continúa exactamente igual:
¿Quién escribe realmente los libros de López Obrador?
Porque yo sigo sin imaginarlo sentado durante meses redactando página tras página.
Lo imagino mucho más fácilmente haciendo lo que ha hecho durante gran parte de su vida política:
hablando, acusando, dividiendo, señalando enemigos y contando una historia donde, curiosamente, Andrés Manuel López Obrador siempre termina siendo el héroe.
Y quizá por eso sus libros tengan tantas páginas.
Cuando uno mismo escribe —o le escriben— su propia versión de la historia, puede necesitar bastante papel para asegurarse de que nunca aparezca la palabra. responsabilidad.
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