Cómo conocí al Penta
🗓️27 Oct 2026 🌐 Opinión 👩🦱 Víctor Manuel Salazar Salas 📊 1072 vistas
Como todo niño curioso e inocente, tuve amistad con unos vecinos norteños, con quienes saboreé los placeres inofensivos propios de la niñez. Una tarde sabatina, intrigado por las constantes ausencias a nuestras reuniones de juego y travesura, les pregunté a mis amigos que a dónde se dirigían en vez de cumplir con nuestras ya acostumbradas vagancias, y ellos me respondieron que debían asistir a las sesiones de instrucción del Pentatlón menor; pero yo, con tan sólo seis años, no pude comprender lo que quisieron decir, ni siquiera me imaginé qué era "eso", por lo que les acepté su invitación a asistir el siguiente sábado, lleno de curiosidad y aún sin saber de qué se trataba.
A las 15 horas del sábado, ya estábamos en el parque anexo al imponente edificio de la sede de la Zona Militar Tapatía. Yo obviamente quedé impresionado al ver de cerca a los soldados que cumplían con su acostumbrado rol de guardia con su uniforme holgado en color verde olivo; pero lo que más me impresionó fueron sus inseparables armas. Aun digiriendo la imagen, el momento fue interrumpido por un joven de aspecto atlético, alto y serio, que gritó la orden "¡Reunirse!", ante lo cual todos a excepción mía, se acomodaron presurosos en torno al instructor. Algunos que llegaron tarde, corriendo desesperados se acercaron al dirigente y le pidieron el respectivo permiso para reunirse con sus compañeros, el cual les fue concedido no sin antes recibir una regañada por su impuntualidad.
Todos permanecían inmóviles, uniformemente (en igual forma) reunidos y rígidos como estatuas, y no se escuchaba absolutamente ningún ruido, mientras que yo atónito en una de las bancas del parque, los veía sin saber qué decir o hacer. Enseguida, algunos de ellos pasaron al frente respondiendo a la orden recibida, donde permanecieron atentos a las indicaciones para mí inaudibles, tras lo cual todo el grupo de unos cincuenta jovenzuelos se dispersó al unísono, algunos por el parque y otros, los más grandes, por las calles laterales al edificio.
Debo confesar que yo estaba emocionado, pero al mismo tiempo desorientado ya que mis amigos no tuvieron tiempo de explicarme lo que tendría qué hacer. Alguien se percató de eso y, casi enseguida de que todos se fueron a sus actividades, se me acercó; era quien al inicio los había reunido a todos, un joven moreno que tenía varios dientes de plata y a quien todos llamaban "mi Sargento Navarro". Él vino directo hacia mí y me preguntó si quería ingresar al Pentathlón, a lo cual yo respondí nervioso que sí quería ingresar; me preguntó luego mi edad, pero cuando le respondí que tenía seis años me dijo que aún era muy chico pero que, de todas formas, ese primer día podía quedarme simplemente a observar las prácticas de los demás, lo que yo hice gustoso. Fue un espectáculo fabuloso que de inmediato me cautivó; verlos a todos disciplinados, con el cabello corto al estilo militar y, lo más sorprendente es que se trataban todos con respeto y se hablaban de "Usted", lo cual ciertamente me inspiró gran respeto, y no risa ni burla.
Las formaciones y las evoluciones sobre la marcha me permitieron observar detenidamente a cada uno de los ejecutantes que, aun siendo niños, se comportaban tan serios y estaban tan concentrados que parecían adultos; realmente parecían caballeros, guerreros alistándose para una batalla. Mi admiración seguía creciendo al contemplar todo el conjunto: el orden, la disciplina, la marcialidad y la seriedad con la que se trataban, eran cosas que yo no conocía, pero que definitivamente me gustaron.
Pude observar a algunos que al parecer su especialidad era el deporte, unos saltando, otros corriendo al rededor del parque, otros haciendo equilibrio entre dos o más. Estaba tan impresionado y absorto, que me asustó el vibrante sonido de una corneta que, en labios de un soldado del ejército, entonó Bandera. Todos los que habían asistido a instrucción se reunieron nuevamente ahí donde todo había comenzado; todos los presentes sin excepción, incluyendo a transeúntes y hasta conductores prestaron atención, se pusieron de pie, adoptaron la posición de "firmes" e hicieron el saludo correspondiente, mientras otro de los soldados, un Oficial, arriaba la nacional bandera de su asta en la parte alta frontal del edificio y, aunque fue rápido, tres o cuatro minutos a lo sumo, ese fue el momento más impresionante porque todos los presentes participamos (incluso yo por imitación).
Al final y con los mismos jovenzuelos del inicio aun reunidos en formación, pero con sus camisetas antes blancas y ahora grises como resultado de las prácticas, rompieron la formación a la orden del Sargento y todo mundo se dispersó. Mis amigos llegaron a mi encuentro, sudorosos y agitados, pero con una gran sonrisa de satisfacción y de alegría dibujada en sus caras.
Para regresar a nuestros domicilios, en la esquina del edificio de la "Quinceava" abordamos el romántico camión de transporte "San Felipe" de la famosa línea Analco Moderna, que nos llevaba por 25 centavos. Durante el trayecto comentamos las experiencias y les dije que me había gustado mucho el Penta, que desde luego asistiría al día siguiente a la práctica dominical a las 6 de la mañana. Al llegar a mi casa, mi madre preocupada me preguntó si me había gustado y yo, como pude, le expliqué lo que era el Penta, así como mi deseo de formar parte de él.
Corría el mes de octubre de 1962, Guadalajara aún merecía el título de "Perla de Occidente" y la gente aún conservaba su aspecto provinciano; abundaban las vendimias y los carromatos que le daban cierto colorido al entorno. Podíamos contemplar también el tránsito de carros jalados por caballos y burros, hombres que montando a caballo vendían tierra pa'las macetas o leche de burra; por las calles empedradas calles de mi barrio podíamos contar los escasos automóviles que flamantes pasaban y nos dejaban boquiabiertos. Poco nos duró el gusto, ya que el crecimiento desordenado de nuestra ciudad lo cambió todo y no precisamente para bien; la creciente inmigración trajo costumbres y formas de pensar un tanto extrañas a lo nuestro, que poco a poco fueron llegando hasta convertirse en lo que hoy conocemos como Guadalajara.
Ya para ese entonces poco me importaba lo que no tuviera relación con el Penta, pues a partir del primer día en que me enrolé o me encuadré, el Pentathlón pasó a ser parte de mi ser y todo sin excepción lo relacionaba con la institución. Poco a poco fui conociéndolo, hice nuevas amistades y fui aprendiendo de sus actividades. Los primeros días me dediqué a conocer a quiénes integrábamos ese nutrido grupo de jóvenes, que esperábamos domingo a domingo el amanecer; todos juntos bajo un estandarte, el del águila bicéfala.
Siempre me llamó mucho la atención la calidad de los pentathletas con su porte distinguido, de los cuales el número mayor lo componían los universitarios, pero ya en filas todos eran un solo hombre disciplinado. Al lucir sus uniformes lo hacían con tal porte y e elegancia, que cualquiera de ellos pudiera asemejarse a los oficiales europeos. La misma Zona Militar veía con orgullo a ese grupo de jovencitos en ocasiones de cientos, que reunidos en las puertas del edificio esperaban la voz de "¡Atención!" para gustoso y entusiastas iniciar un día más de camaradería.
En una ocasión mientras recibíamos academia, es decir pláticas formativas de carácter, historia y patriotismo, uno de los oradores afirmó que todos al ingresar al Penta por admiración tratábamos de imitar a nuestro superior jerárquico y tenía razón porque yo también lo hacía, tanto así que mi madre me decía que incluso ya hablaba, caminaba y vestía como ellos; creo que a todos nos ha sucedido así cuando admiramos a alguien. En ésas mismas pláticas, nos daban a conocer la verdadera imagen del Pentathlón, nos hablaban de temas jamás tratados en la escuela o con nuestros familiares y amigos, temas como la Patria, el honor, el deber, la responsabilidad, el valor, la lealtad y muchos más; eran temas hermosos dirigidos exactamente para jóvenes que aún no habían sido víctimas de la contaminación moral que en esos años ya se permeaba en México.
Poco a poco me fui sintiendo cada vez más pentathleta; con orgullo portaba y presumía mi primera camiseta con el escudo impreso en el pecho, gracias a lo cual, los pocos muchachos que al inicio éramos del penta y del mismo barrio, fuimos aumentando paulatinamente hasta convertirnos en la "fuerza del barrio", todos de la misma edad, de la misma escuela primaria y lo más especial, todos en el Pentathlón. En ese grupo como en ningún otro, se efectuaba el culto por la bandera nacional con un respeto absoluto, a tal grado que los ojos de los pentathletas se rasaban y la sangre circulaba más aprisa al escuchar el toque de bandera y el himno nacional.
Mis primeros desfiles por las céntricas calles de Guadalajara, me llenan de especial orgullo; guapas adolescentes en grupos dispersos por las bocacalles, se apilaban para gritar "¡vivas!" y lanzar cubetas de pétalos de rosas a los elegantes miembros del Pentathlón. Las paradas militares y los festivales merecen un comentario especial, ya que ningún acto de carácter cívico que haya conocido hasta el momento, incluyendo los organizados por las autoridades oficiales, refleja tanta seriedad, orden y organización como aquellos de los que el Penta hace gala en sus festividades.
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