Martes 27 de Octubre 2026
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Raíces para sostener el porvenir

🗓️27 Oct 2026 🌐 Opinión 👩‍🦱 Víctor Manuel Salazar Salas 📊 1040 vistas

Raíces para sostener el porvenir

En la soledad de estos días, y sin necesidad de hacer tanta alharaca, he venido haciendo una introspección muy honda a estas alturas del camino. Hay momentos en la vida en que uno debe apartarse del bullicio de la calle, apagar los rumores del mundo y sentarse a solas frente a sus propios recuerdos para escuchar lo que de veras importa. En ese silencio manso, donde el peso de los años no aplasta sino que asienta el juicio, he comprendido con entera claridad que llega la hora precisa en que los hombres maduros debemos sacar la casta y la gallardía que corren por nuestras venas. No lo hago por buscar reflectores ni por inflar el pecho con vanidades de viejo, sino por cumplir un mandato elemental de gratitud y de justicia hacia los niños y los jóvenes de esta bendita patria mexicana, que hoy andan desorientados, buscando agua viva en pozos secos.

A esa juventud le han venido arrancando el suelo firme de debajo de las botas. Les han llenado el entendimiento con espejismos de plástico, haciéndoles creer que la dignidad humana cabe entera en la palma de una pantalla y que el mérito consiste en doblar la espina dorsal ante la primera moda que impongan desde lejos. Les han enseñado a sentir vergüenza de su propio origen, a mirar el azadón como un castigo, a ver la disciplina como una carga inútil y a desechar la fe de sus abuelos como si fuera cosa de gente ignorante. Ver ese desamparo en los ojos de los muchachos que crecen en nuestros pueblos y en los barrios de nuestras ciudades no produce encono, sino un dolor hondo en el alma y una urgencia apremiante de sacudirles el letargo con la voz limpia del campo, recordándoles que nadie puede caminar erguido si no sabe qué savia lo nutre por dentro ni sobre qué cimientos está parado.

Esa entereza no es una invención improvisada de última hora; es una corriente viva que baja de las sierras, pasa por los llanos y se asienta en la memoria de la sangre. En mi caso, ese cauce viene de muy atrás, de una raíz honda y compartida que corre por la línea de mis mayores y que se forjó en las horas bravas de nuestra tierra. Por el costado de mi abuela doña Nacha Zárate, la memoria familiar enlaza con el temple de don Diego de Zárate allá en Zapotlán el Grande, aquel hombre que en los tiempos del cataclismo, con el templo en escombros y el suelo todavía bramando, dio fe de la ruina y sostuvo la autoridad civil jurando amparo al Santo Patrono para levantar al pueblo de entre las piedras. Y por la vertiente materna, la misma cepa de los Mojica que vio nacer en San Gabriel a fray José Mojica —aquel que conoció la cúspide de los aplausos del mundo y tuvo luego la grandeza de despojarse de las vanidades para calzarse el sayal humilde—, nos recuerda que el verdadero señorío no está en las glorias pasajeras, sino en la entrega del alma a lo que no perece. Uno no menciona estas raíces por presunción de cuna, sino por el peso sobrecogedor de la responsabilidad: la certeza callada de saber de qué barro venimos nos prohíbe flaquear cuando arrecia el temporal.

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Ese es el testimonio vivo que tenemos la obligación moral de entregarle a los que vienen detrás. Quiero decirles a los niños y a los jóvenes de México que no se dejen engañar por el ruido ni por las promesas fáciles de quienes desprecian el esfuerzo. La verdadera libertad no es hacer lo que se antoje sin rumbo ni freno, sino tener el carácter de gobernar las propias pasiones, el valor de sostener la verdad de frente aunque todos alrededor prefieran la mentira, y la humildad de reconocer que el hombre es custodio, no dueño absoluto, de la tierra que pisa. Un muchacho que aprende a labrar un surco con paciencia, que respeta a sus padres y que no se avergüenza de doblar la rodilla ante el Creador, es un hombre libre al que ninguna tiranía del pensamiento podrá jamás arrodillar.

Nuestra tarea no es quejarnos de la oscuridad de los tiempos, sino poner el hombro al yugo y mostrarles el camino con el testimonio diario de la propia vida. A estos muchachos les urge ver que todavía existimos hombres de una sola pieza, capaces de llamar al pan, pan, y al vino, vino, con el alma serena y la mirada limpia. Mientras nos quede un hálito de fuerza y el corazón siga latiendo bajo este cielo ancho, no daremos un paso atrás en defender la inocencia de nuestros niños y la gallardía de nuestros jóvenes. La herencia de la tierra no se vende ni se olvida; se custodia, se transmite de padres a hijos y se honra viviendo con la frente en alto y el alma puesta en Dios, bajo la sombra perenne de nuestros volcanes.

Enrique López García.
CIDET San Alberto Magno

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