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Los jóvenes chilenos están profundamente deprimidos

🗓️01 Nov 2026 🌐 Opinión 👩‍🦱 Víctor Manuel Salazar Salas 📊 1097 vistas

Los jóvenes chilenos están profundamente deprimidos

Por Rubén Basay Roberts

Hubo una época en Chile en que la felicidad tenía sonidos muy diferentes.

Era el grito de los niños jugando en las calles, el ruido de las bolitas golpeándose en la tierra, el trompo girando sobre el pavimento o las risas de quienes se reunían para jugar al luche.

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Era mirar hacia el cielo y descubrir decenas de volantines bailando entre las nubes.

Era encontrarse con los amigos en una plaza, visitar a los vecinos sin anunciarse previamente o conversar durante horas en la puerta de una casa.

Para muchos jóvenes de otras generaciones, la llegada del fin de semana significaba prepararse para ir a una discoteca, bailar, conocer personas y descubrir quizás el comienzo de una historia de amor.

Había miradas que se encontraban sin pantallas de por medio.

Había cartas escritas a mano, canciones dedicadas en la radio y conversaciones que podían extenderse durante horas.

No era una sociedad perfecta. También existían la pobreza, las desigualdades, los problemas de salud mental y muchas personas que sufrían en silencio.

Pero había experiencias comunitarias y formas de encuentro que hoy merecen ser recordadas.

Porque algo ha cambiado profundamente en nuestra manera de relacionarnos.

Hoy podemos comunicarnos instantáneamente con personas que viven al otro extremo del planeta, pero no siempre conocemos a quienes viven al otro lado de nuestra calle.

Podemos tener miles de seguidores y sentir que no tenemos un amigo a quien llamar.

Podemos enviar cientos de mensajes durante el día y regresar a casa sin haber tenido una conversación verdaderamente cercana.

Y entonces surge una pregunta que debería conmovernos:

¿Qué ocurre cuando una generación comienza a reemplazar los abrazos por emoticones, las conversaciones por mensajes, los encuentros por pantallas y las amistades profundas por relaciones que existen principalmente en el mundo digital?

Chile y una juventud que necesita ser escuchada

Las estimaciones internacionales del Global Burden of Disease 2023, difundidas por Our World in Data a partir de información del Instituto de Métricas y Evaluación de la Salud, sitúan a Chile con una prevalencia estimada de trastornos depresivos del 4,80%, ajustada por edad.

En esa comparación, Argentina registra un 4,17%, Brasil un 3,89%, Uruguay un 3,65%, Perú un 3,49% y Colombia un 2,47%.

Chile presenta así la mayor prevalencia estimada de trastornos depresivos entre los países sudamericanos incluidos en esa medición.

Es importante precisar que esta cifra corresponde a la población general y no exclusivamente a los jóvenes.

Pero existe otro antecedente que merece especial atención.

En octubre de 2026, la duodécima ronda del Termómetro de la Salud Mental ACHS–Universidad Católica informó que el 23% de los adultos chilenos menores de 30 años presentaba síntomas depresivos moderados o severos.

Prácticamente uno de cada cuatro.

El estudio considera población urbana mayor de 18 años y sus resultados corresponden a síntomas identificados mediante encuestas, no necesariamente a diagnósticos clínicos.

A nivel de la población adulta urbana general, la prevalencia de síntomas depresivos moderados o severos alcanzó el 16,2%.

Los resultados reflejan una situación que merece atención urgente.

La juventud debería ser una etapa para descubrir vocaciones, construir relaciones, imaginar proyectos y conocer el mundo.

Sin embargo, para una parte importante de los jóvenes chilenos, esas aspiraciones conviven con una profunda incertidumbre.

Pero estas estadísticas no deberían conducirnos a la resignación.

Deberían despertarnos.

La juventud necesita oportunidades, compañía, comprensión y acceso a una atención adecuada de salud mental.

Vamos, que se puede.

No como una frase vacía dirigida a quienes sufren, sino como un compromiso colectivo de familias, colegios, autoridades, empresas y comunidades.

Porque nadie debería enfrentar la tristeza en soledad.

¿Dónde quedaron los niños que jugaban en las calles?

Durante generaciones, los niños chilenos crecieron jugando al emboque, las bolitas, el trompo, la rayuela y las escondidas.

Elevar un volantín no requería una conexión a internet.

Bastaban un poco de viento, un hilo, una plaza o un espacio abierto y las ganas de compartir una aventura.

Los niños aprendían a ganar y a perder, a resolver diferencias, a trabajar en equipo y a crear amistades espontáneas.

Las calles, cuando eran seguras para hacerlo, podían convertirse en espacios de encuentro.

Hoy esas experiencias siguen existiendo, pero muchas compiten con nuevas formas de entretenimiento.

La Radiografía Digital 2025, elaborada por ClaroVTR y Criteria, encontró que el 83% de los niños encuestados de 8 a 12 años tenía un teléfono celular propio. Entre los adolescentes de 13 a 17 años, la proporción alcanzaba el 97%.

No se trata de condenar la tecnología.

Los dispositivos digitales ofrecen posibilidades extraordinarias de aprendizaje, comunicación y creatividad. También pueden ayudarnos a descubrir talentos, mantener amistades y ampliar nuestros conocimientos.

Pero debemos preguntarnos si estamos dejando suficientes espacios para jugar, conversar y desarrollar relaciones presenciales.

¿Cuántas horas permanecen los niños mirando una pantalla?

¿Cuántas dedican a jugar con sus amigos?

¿Cuánto tiempo compartimos realmente con ellos?

La transformación de los barrios no puede atribuirse únicamente a los teléfonos. También influyen el tránsito vehicular, las preocupaciones por la seguridad, los cambios urbanos y las dificultades de muchas familias para disponer de tiempo libre.

Sin embargo, la pregunta permanece:

¿Estamos construyendo ciudades donde los niños todavía pueden encontrarse, jugar, hacer amigos y descubrir el mundo más allá de una pantalla?

Chile comenzó a regular los celulares en los colegios

El 11 de febrero de 2026, Chile publicó la Ley N.º 21.801, que establece la prohibición general del uso de dispositivos móviles electrónicos de comunicación personal en establecimientos de educación parvularia, básica y media.

La normativa contempla excepciones por motivos de salud, emergencias, necesidades educativas especiales, actividades pedagógicas autorizadas y determinadas circunstancias de seguridad familiar.

En educación media, los reglamentos internos también pueden contemplar espacios, horarios o actividades específicas donde se permita su utilización.

La nueva legislación no pretende eliminar la tecnología de la educación, sino favorecer su utilización responsable y fortalecer la convivencia escolar.

Pero quizás uno de sus aspectos más importantes no se encuentra únicamente en las salas de clases.

Está en los recreos.

En la posibilidad de recuperar las conversaciones espontáneas, los juegos colectivos, la actividad física y las amistades presenciales.

Porque un recreo debería ser mucho más que quince minutos dedicados a mirar una pantalla.

Debería ser una oportunidad para reír, compartir, descubrir afinidades y aprender a convivir.

La prohibición de celulares, por sí sola, no constituye un tratamiento contra la depresión ni garantiza una mejor salud mental. Sus efectos necesitan evaluarse con investigaciones rigurosas.

Pero puede formar parte de un esfuerzo educativo mucho más amplio para recuperar la convivencia.

Construyamos un futuro juntos.

Un futuro donde los niños puedan aprender tecnología sin perder la alegría de correr, imaginar, compartir y descubrir el mundo que existe fuera de una pantalla.

Una generación que se siente sola

El Termómetro de Salud Mental ACHS–Universidad Católica de 2026 identificó que el 28,5% de los adultos urbanos menores de 30 años experimentaba altos niveles de soledad.

Casi tres de cada diez.

Esta cifra resulta preocupante porque demuestra que vivir en una sociedad tecnológicamente conectada no garantiza que nuestras necesidades emocionales estén satisfechas.

La Organización Mundial de la Salud ha advertido que la soledad y el aislamiento social representan problemas relevantes para la salud pública.

Esto no significa que los teléfonos causen automáticamente depresión ni que todas las personas que utilizan intensamente las redes sociales estén emocionalmente aisladas.

Pero necesitamos investigar cómo se relacionan nuestros hábitos digitales, nuestras condiciones de vida y la calidad de nuestros vínculos.

Porque una amistad no se mide solamente por la cantidad de mensajes intercambiados.

El amor tampoco se expresa únicamente mediante corazones dibujados en una pantalla.

Hay gestos que conservan un valor profundamente humano.

Un abrazo bienvenido.

Una palabra pronunciada en el momento oportuno.

Una conversación sin apuro.

La presencia de una persona que permanece a nuestro lado cuando atravesamos dificultades.

Y quizás deberíamos recuperar la costumbre de preguntar algo tan sencillo como importante:

¿Cómo estás realmente?

¿Quién está invitando a nuestros jóvenes a conversar?

Durante años hemos discutido cuánto tiempo pasan los jóvenes frente a sus teléfonos.

Pero hay una pregunta que rara vez nos hacemos:

¿Cuántas veces los adultos los invitamos verdaderamente a conversar?

¿Cuándo fue la última vez que escuchamos sus sueños sin interrumpirlos?

¿Y cuándo fue la última vez que compartimos nuestras historias sin pensar que nuestra edad nos daba automáticamente la razón?

No podemos reclamar que nuestros jóvenes hayan dejado de conversar si nosotros, los adultos, también hemos dejado de invitarlos a compartir nuestras vidas.

La responsabilidad de recuperar el encuentro humano pertenece a todas las generaciones.

En España, el programa Convive reúne a estudiantes universitarios de entre 18 y 36 años con personas mayores de 65 que desean compartir su vivienda y parte de su vida cotidiana.

No se trata solamente de solucionar una necesidad habitacional.

Se trata de compartir conversaciones, experiencias, conocimientos y compañía.

En Alemania existen alrededor de 530 centros multigeneracionales respaldados por un programa federal, concebidos como lugares donde personas de distintas edades pueden encontrarse, aprender y participar en sus comunidades.

En Singapur, iniciativas como StoryBridge reúnen a personas mayores con niños pequeños mediante la narración de cuentos y el intercambio de experiencias.

Chile también cuenta con experiencias valiosas. El programa Voluntariado País de Mayores, del SENAMA, permite que personas mayores apoyen los estudios de niños de educación básica.

Estas iniciativas no demuestran que sus países hayan resuelto la soledad o la depresión, pero enseñan que es posible crear espacios concretos para acercar generaciones.

La conversación no debe ser una obligación ni una lección permanente de los mayores hacia los jóvenes.

Debe ser un encuentro entre iguales en dignidad, aunque sean diferentes en experiencia.

Porque una persona de treinta años puede aprender de alguien de ochenta, y una persona de ochenta puede descubrir nuevas maneras de comprender la vida gracias a alguien de treinta.

La vida es ahora.

No cuando tengamos más tiempo. No cuando nuestros hijos crezcan. No cuando nos jubilemos.

Ahora es cuando podemos llamar a un amigo, invitar a alguien a caminar, preguntar cómo se siente o escuchar una historia que nunca antes nos habían contado.

La amistad no tiene edad

En distintas partes del mundo encontramos ejemplos inspiradores de relaciones humanas que trascienden las diferencias generacionales.

Selena Gomez ha construido una amistad con Steve Martin y Martin Short, dos artistas varias décadas mayores que ella, durante su trabajo compartido en televisión.

Ed Sheeran ha destacado públicamente el apoyo personal de Elton John, quien comenzó a llamarlo diariamente para acompañarlo después de una pérdida importante.

Harry Styles y Stevie Nicks han demostrado que la amistad y la admiración artística pueden atravesar generaciones. Han compartido escenarios y momentos emotivos vinculados a la música.

Estas historias nos recuerdan que las afinidades humanas no dependen exclusivamente de la edad.

¿Y cuántas amistades semejantes podrían surgir en nuestros barrios?

¿Por qué una joven de treinta años no podría encontrar una amistad entrañable en una mujer de setenta?

¿Por qué un hombre de ochenta no podría compartir proyectos, música y conversaciones con alguien de veintisiete?

Las diferencias de edad no deberían transformarse automáticamente en distancias emocionales.

No todas las amistades necesitan comenzar en una escuela, en una universidad o entre personas que nacieron durante la misma década.

A veces encontramos comprensión en alguien que ha vivido medio siglo más.

Y otras veces una persona mayor encuentra entusiasmo, alegría y una nueva perspectiva en alguien mucho más joven.

Nada es imposible cuando comenzamos por abrir una puerta al encuentro.

No significa que todas las dificultades desaparezcan, sino que muchas relaciones que hoy parecen improbables podrían comenzar con algo tan sencillo como una conversación.

Cuando la experiencia y la juventud construyen juntas el futuro

El deporte, la música y el cine ofrecen ejemplos concretos de colaboración entre generaciones.

El entrenador chileno Manuel Pellegrini, a sus 73 años, continúa compartiendo su experiencia con futbolistas mucho más jóvenes.

En octubre de 2026, el director técnico del Real Betis volvió a expresar públicamente que su atención está puesta en lo que todavía desea hacer, más que en los logros del pasado.

Su trayectoria nos recuerda que la experiencia no tiene por qué convertirse en una despedida de la vida activa.

En el cine, Ridley Scott estrenó durante 2026 una nueva película, The Dog Stars, trabajando con actores jóvenes como Jacob Elordi y Margaret Qualley, pese a encontrarse próximo a cumplir noventa años.

Clint Eastwood, por su parte, dirigió a Nicholas Hoult en Juror #2, estrenada en 2024, cuando el cineasta ya había superado los noventa años.

En la música, intérpretes de generaciones muy distintas continúan compartiendo composiciones, escenarios y proyectos creativos.

Estas experiencias muestran cómo el conocimiento acumulado puede encontrarse con nuevas ideas y maneras de comprender el mundo.

No estamos hablando solamente de personas mayores enseñando.

Estamos hablando de equipos donde cada generación puede aportar algo diferente.

¿Por qué no trasladar estos encuentros a los colegios, universidades, empresas, medios de comunicación y centros comunitarios de Chile?

Imaginemos a un periodista de setenta años trabajando con una comunicadora de veinticinco.

A un músico veterano compartiendo historias con estudiantes.

A una empresaria experimentada ayudando a jóvenes a desarrollar sus primeros proyectos.

Y a esos jóvenes enseñando, a su vez, nuevas tecnologías, perspectivas y maneras de crear.

Construyamos un futuro juntos. Vamos, que se puede.

El futuro no pertenece exclusivamente a los jóvenes ni a los mayores.

Es una responsabilidad que compartimos.

El desempleo también amenaza los sueños

La falta de oportunidades representa otra preocupación importante.

En el trimestre julio-septiembre de 2026, un análisis del centro de estudios Horizontal, basado en datos del Instituto Nacional de Estadísticas, situó el desempleo entre los jóvenes chilenos de 15 a 24 años en un 24,4%.

Esto significa que prácticamente uno de cada cuatro jóvenes de esa edad que integraba la fuerza de trabajo estaba desocupado.

No significa que uno de cada cuatro jóvenes de toda la población careciera de empleo.

¿Qué ocurre con alguien que estudió durante años y no encuentra su primera oportunidad?

¿Cómo imaginar una familia, una vivienda o una vida independiente cuando parece imposible conseguir estabilidad económica?

El desempleo no produce necesariamente depresión en todas las personas, pero la incertidumbre económica y la falta de oportunidades pueden convertirse en importantes fuentes de estrés.

El mismo Termómetro de Salud Mental ACHS–UC identificó una asociación entre la situación laboral y los síntomas depresivos: el 36,7% de las personas desocupadas presentó síntomas moderados o severos, frente al 14,1% de quienes tenían empleo.

Esta relación estadística no demuestra por sí sola que el desempleo sea la causa de los síntomas, pero exige considerar el bienestar emocional cuando se diseñan políticas laborales.

Por eso debemos recuperar también la confianza en los sueños.

Nada es imposible debe representar una invitación a abrir oportunidades reales, no una excusa para responsabilizar a los jóvenes de obstáculos que requieren respuestas económicas y sociales.

Necesitamos capacitación, empleos dignos, acceso a la educación y espacios para emprender.

Los jóvenes no necesitan solamente escuchar que pueden construir un futuro.

Necesitan que la sociedad les ayude a disponer de las herramientas necesarias para hacerlo.

Medidas urgentes para recuperar la convivencia

Chile necesita una estrategia que combine la prevención de problemas de salud mental con la recuperación de los vínculos humanos.

Necesitamos fortalecer la atención psicológica, mejorar la detección temprana de síntomas depresivos y crear oportunidades laborales.

Pero también necesitamos recuperar los recreos, abrir centros culturales, organizar actividades deportivas y fomentar encuentros entre distintas generaciones.

Las bibliotecas podrían convertirse en lugares donde mayores y jóvenes compartieran sus historias.

Los municipios podrían organizar encuentros musicales, talleres, actividades comunitarias y programas de mentoría.

Las familias podrían recuperar algunos momentos cotidianos para conversar sin teléfonos.

Las universidades podrían promover equipos de trabajo integrados por profesionales jóvenes y personas mayores con amplia experiencia.

Las empresas podrían establecer programas de acompañamiento y aprendizaje mutuo entre generaciones.

Y nuestros colegios deberían evaluar si las nuevas restricciones al uso de celulares están favoreciendo una mejor convivencia.

La amistad, las actividades compartidas y el afecto pueden contribuir al bienestar, pero no reemplazan los tratamientos médicos o psicológicos cuando existe una enfermedad mental.

El objetivo es construir una sociedad más cercana y capaz de acompañar a quienes lo necesitan.

Vamos, que se puede.

Podemos recuperar espacios de convivencia.

Podemos aprender a escuchar mejor.

Podemos ofrecer oportunidades a quienes hoy sienten que las puertas están cerradas.

Podemos enseñarles a nuestros hijos que la tecnología es una herramienta maravillosa, pero que la vida también está esperando fuera de sus pantallas.

Y podemos recordarles a nuestros adultos mayores que sus historias, conocimientos, sueños y proyectos todavía tienen un lugar fundamental en nuestra sociedad.

No se trata de regresar al pasado.

Se trata de recuperar lo mejor de nuestra humanidad para construir un futuro diferente.

La vida es ahora: una invitación a volver a encontrarnos

Quizás el mayor error que podemos cometer sea pensar que todavía tenemos todo el tiempo del mundo.

Que mañana llamaremos a nuestros amigos.

Que algún día escucharemos las historias de nuestros padres.

Que cuando terminemos de trabajar tendremos tiempo para acompañar a nuestros hijos.

Pero la vida ocurre mientras hacemos esos planes.

Ocurre en una conversación inesperada, en la risa compartida, en una mano que nos acompaña y en el instante en que alguien descubre que realmente estamos escuchándolo.

La vida es ahora.

Ahora es cuando nuestros jóvenes necesitan oportunidades.

Ahora es cuando nuestros mayores tienen historias que compartir.

Ahora es cuando podemos acercar generaciones que jamás deberían haberse sentido separadas.

No esperemos a que la soledad sea insoportable para comenzar a acompañarnos.

No esperemos a perder una amistad para descubrir cuánto significaba.

No esperemos a que nuestros hijos crezcan para interesarnos por sus sueños.

Y no esperemos a que nuestros mayores desaparezcan para comprender cuánto tenían que enseñarnos.

Construyamos un futuro juntos.

Con personas de veinte, treinta, cincuenta, setenta y noventa años.

Con experiencias diferentes, pero con el mismo derecho a participar, crear, amar y sentirse importantes.

Vamos, que se puede.

Porque mientras exista voluntad de escuchar, siempre podremos intentar acercarnos.

Mientras existan personas dispuestas a compartir sus conocimientos, habrá oportunidades de aprender.

Y mientras nuestras generaciones sean capaces de encontrarse, podremos imaginar una sociedad más humana.

¿Qué hermoso sería un nuevo mundo con jóvenes, adultos y adultos mayores planificando juntos una nueva sociedad?

La vida es ahora. Y el futuro también comienza hoy.

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