Los teléfonos públicos desaparecen y más de nueve mil millones de conexiones móviles transforman la comunicación del planeta
🗓️06 Nov 2026 🌐 Opinión 👩🦱 Víctor Manuel Salazar Salas 📊 1042 vistas
Por Rubén Basay Roberts
Escritor, comunicador e investigador académico en políticas públicas
Hubo un tiempo en que una moneda podía acercar dos corazones separados por miles de kilómetros.
Bastaba encontrar un teléfono público, introducirla, marcar un número y esperar aquella voz que tanto deseábamos escuchar.
En aquellas pequeñas cabinas se anunciaban nacimientos, se compartían alegrías, se pronunciaban despedidas y se intentaban recuperar amistades que parecían perdidas.
A veces, alguien ensayaba durante minutos las palabras que quería decir. Otras veces, bastaba escuchar un «hola» para que todo cambiara.
Hoy muchas de esas cabinas desaparecen de nuestras calles, mientras el mundo dispone de miles de millones de conexiones móviles, redes submarinas y satélites capaces de transportar nuestras palabras a través del planeta.
Hemos aprendido a comunicarnos con casi cualquier rincón de la Tierra.
Sin embargo, todavía hay personas que pasan días esperando escuchar una voz querida.
¿De qué sirve haber vencido tantas distancias si a veces olvidamos acercarnos a quienes tenemos al lado?
Un planeta conectado como nunca antes
La revolución de las telecomunicaciones constituye uno de los acontecimientos más extraordinarios de la historia humana.
Según la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), en 2025 existían aproximadamente 9.200 millones de suscripciones de telefonía móvil. En 2026, la estimación alcanzó los 9.500 millones, equivalentes a 114 suscripciones por cada cien habitantes.
Estas cifras no significan que todas las personas posean un teléfono. Muchos usuarios mantienen varias líneas y algunas suscripciones corresponden a dispositivos conectados, mientras millones de seres humanos todavía enfrentan dificultades para acceder a las comunicaciones digitales.
China, India, Estados Unidos, Indonesia, Brasil, Japón y numerosos países participan de una transformación que atraviesa idiomas, continentes y culturas.
Una de sus consecuencias más visibles es la desaparición progresiva de los teléfonos públicos.
En el Reino Unido, por ejemplo, las cabinas pasaron de aproximadamente 92.000 a comienzos de los años noventa a unas 11.000 en 2025, según información entregada al Parlamento británico.
Aquellos aparatos que durante décadas fueron indispensables se han convertido en testigos de otra época.
Sin embargo, la tecnología continúa avanzando.
Los teléfonos satelitales permiten comunicarse desde océanos, montañas y territorios donde las redes convencionales no llegan. Algunos teléfonos inteligentes incorporan funciones de emergencia y mensajería satelital, sujetas a cobertura, compatibilidad y disponibilidad del servicio.
Una llamada desde una embarcación en alta mar o una expedición científica puede convertirse en una oportunidad de supervivencia.
Pero este impresionante desarrollo también revela una contradicción.
En noviembre de 2026, la UIT estimó que aproximadamente 2.000 millones de personas continuaban sin utilizar internet.
La diferencia entre los países de mayores ingresos y los más pobres sigue siendo enorme. Disponer de cobertura tampoco garantiza poder pagar un servicio o contar con las herramientas necesarias para utilizarlo.
La humanidad ha realizado inversiones extraordinarias para mejorar sus comunicaciones. El siguiente desafío consiste en conseguir que sus beneficios lleguen también a quienes hoy permanecen excluidos.
Porque el verdadero progreso no debería medirse únicamente por la velocidad de las conexiones, sino también por las oportunidades humanas que estas permiten construir.
Antonio Meucci: cuando una necesidad de amor también impulsó la comunicación
La historia del teléfono guarda un episodio que merece ser contado.
Mucho antes de los teléfonos inteligentes, el inventor italiano Antonio Meucci investigó procedimientos para transmitir la voz mediante señales eléctricas.
Nacido en Florencia en 1808, desarrolló parte de sus investigaciones en Cuba y posteriormente en Estados Unidos.
Pero detrás de sus experimentos también existía una historia profundamente humana.
Su esposa, Ester, padecía una grave enfermedad reumática que limitaba considerablemente sus movimientos.
Meucci instaló una conexión telefónica entre la habitación de ella y los espacios donde trabajaba, en su vivienda de Staten Island, Nueva York.
Aquel sistema le permitía comunicarse con su esposa sin que ella tuviera que desplazarse.
La historia de la telefonía es compleja y reúne contribuciones de distintos investigadores. Pero el trabajo de Meucci demuestra que la evolución tecnológica también puede surgir de necesidades tan sencillas como permanecer cerca de alguien que amamos.
En 1871 presentó un aviso preliminar de invención ante las autoridades estadounidenses. Sus dificultades económicas le impidieron mantener esa protección.
Durante décadas se discutió el reconocimiento correspondiente a los distintos pioneros del teléfono.
En 2002, la Cámara de Representantes de Estados Unidos aprobó una resolución que reconoció los logros de Antonio Meucci y su trabajo en la invención telefónica.
Aquella resolución no declaró que fuera el único inventor, pero contribuyó a recuperar una trayectoria que durante mucho tiempo había permanecido relegada.
¿Habría imaginado Meucci que, generaciones después, una madre podría escuchar a su hijo desde otro continente?
¿Que dos personas podrían mirarse mientras conversan desde extremos opuestos del mundo?
¿Que una voz humana conseguiría llegar hasta una embarcación perdida en medio del océano?
Tal vez aquellos avances lo habrían maravillado.
Pero quizás también lo habría emocionado descubrir que, después de tantas revoluciones tecnológicas, seguimos necesitando exactamente lo mismo que entonces:
Escuchar a quienes amamos y sentirlos cerca.
Las cabinas desaparecen, pero las emociones permanecen
Para muchas generaciones, el teléfono público fue mucho más que una herramienta tecnológica.
Era el lugar donde una madre aguardaba noticias, un enamorado reunía valor para declarar sus sentimientos o un trabajador llamaba a su familia desde una ciudad desconocida.
También era el escenario de silencios difíciles.
Quien recibía una noticia dolorosa debía encontrar fuerzas para terminar la conversación, colgar el auricular y regresar a la calle.
Cada cabina guardaba historias que rara vez aparecieron en los periódicos.
Hoy llevamos aquellas posibilidades en el bolsillo.
Podemos realizar videollamadas, compartir fotografías, traducir idiomas y conversar en segundos con personas que viven a miles de kilómetros.
La distancia física ha dejado de ser, en muchos casos, el principal obstáculo.
Sin embargo, la tecnología no puede decidir por nosotros cuándo preguntar sinceramente cómo está alguien. Tampoco puede reemplazar el afecto, la comprensión ni la voluntad de dedicar tiempo a otra persona.
La revolución digital nos entregó medios extraordinarios para encontrarnos. La decisión de hacerlo continúa siendo profundamente humana.
¿Y si los teléfonos del mundo compartieran un mensaje de amor?
Imaginemos una iniciativa internacional que pudiera unir a millones de personas mediante algo tan sencillo como una llamada.
No una campaña comercial. Tampoco un mensaje obligatorio.
Una invitación mundial, libre y voluntaria, para utilizar las tecnologías de comunicación en favor del acercamiento humano.
Podríamos llamarla «La llamada que importa».
Fabricantes de teléfonos, operadores de telecomunicaciones, emisoras de radio, universidades, organizaciones sociales y medios de comunicación podrían participar difundiendo una invitación universal:
Hoy puedes acercarte a una persona que necesita escucharte.
Cada organización contribuiría de acuerdo con sus posibilidades.
Las emisoras podrían recordar el valor de las conversaciones familiares. Las universidades y organizaciones comunitarias podrían promover encuentros entre generaciones.
Los operadores interesados podrían facilitar comunicaciones solidarias o apoyar actividades de inclusión digital, respetando las condiciones técnicas y legales de cada país.
Los ciudadanos decidirían libremente si desean participar.
No sería necesario intervenir dispositivos, enviar mensajes masivos sin consentimiento ni utilizar datos personales para contactar a nadie.
La iniciativa tampoco exigiría comprar un teléfono nuevo ni pertenecer a una determinada compañía.
Su espíritu sería justamente el contrario: recordar que un gesto humano vale más que el precio de cualquier dispositivo.
Y que nadie debería sentirse obligado a retomar un vínculo que le haya causado daño.
El objetivo sería ofrecer una oportunidad, nunca imponer una conversación.
Miles de ciudades, millones de historias posibles
Imaginemos lo que podría ocurrir.
Una mujer de Nueva Delhi recupera el contacto con una amiga de juventud. A miles de kilómetros, en Pekín, un joven llama a su abuelo para escuchar nuevamente una historia familiar.
Dos hermanos vuelven a conversar después de años de silencio en Nueva York, mientras alguien en Tokio encuentra las palabras para agradecer a quien lo acompañó durante uno de los momentos más difíciles de su vida.
Desde São Paulo, un padre escucha emocionado la voz de su hija.
Historias semejantes podrían multiplicarse por París, Madrid, Berlín, Ciudad de México y Buenos Aires, atravesando fronteras, idiomas y generaciones.
Y también en Chile, al extremo austral de América, alguien descubre que todavía existe una persona esperando escuchar su voz.
Son escenas imaginadas, pero perfectamente posibles.
No necesitaríamos que todos los teléfonos del mundo sonaran simultáneamente ni organizar una gigantesca ceremonia internacional.
Tampoco haría falta contar con la tecnología más moderna.
Una llamada desde un teléfono sencillo, una carta, un mensaje escrito o una conversación presencial podrían cumplir el mismo propósito.
Porque ninguna tecnología debería convertirse en una condición para expresar cariño.
Lo importante no es el aparato que transmite nuestras palabras, sino el sentimiento que somos capaces de compartir.
Un gesto que puede ocurrir hoy
No necesitamos esperar una fecha especial.
Podemos comenzar ahora mismo.
Pensar en alguien a quien hemos dejado de escuchar. Recuperar una amistad cuando ambas personas lo desean. Pedir perdón por una palabra injusta. Agradecer un gesto que nunca olvidamos.
O simplemente preguntarle a alguien cómo se siente y dedicarle el tiempo necesario para escuchar su respuesta.
A veces bastan unas pocas palabras:
«Te quiero».
«Me acordé de ti».
«Gracias por estar».
«¿Cómo estás realmente?».
«¡Vamos, que se puede!».
Para quien las pronuncia pueden parecer expresiones sencillas. Para quien las recibe podrían convertirse en el momento más hermoso de su día.
Por supuesto, ninguna llamada resolverá por sí sola las guerras, la pobreza, la violencia o las injusticias que afectan a millones de seres humanos.
Pero las grandes transformaciones sociales también necesitan gestos cotidianos de comprensión.
Una comunidad que aprende a escucharse puede encontrar nuevas formas de acompañar a quienes atraviesan dificultades.
No hablamos de reemplazar la atención profesional cuando alguien la necesita, sino de recuperar una actitud que ninguna innovación debería hacer desaparecer: el interés genuino por los demás.
Quizás una de las grandes tareas de nuestro tiempo consista en aprender a utilizar los avances tecnológicos sin perder aquello que nos hace humanos.
El invento que todavía puede sorprendernos
Durante generaciones celebramos a quienes hicieron posible transmitir la voz a grandes distancias.
La humanidad construyó redes inmensas, tendió cables submarinos, levantó antenas y colocó satélites alrededor de la Tierra.
Miles de científicos, ingenieros, técnicos y trabajadores participaron en una aventura colectiva que transformó nuestra manera de vivir.
Mañana aparecerán tecnologías que todavía no imaginamos.
Quizás algún día desaparezca la última cabina telefónica.
Tal vez nuestros actuales teléfonos sean reemplazados por instrumentos completamente diferentes.
Y seguramente nuevas generaciones considerarán antiguos muchos de los dispositivos que hoy nos parecen extraordinarios.
Pero hay una pregunta que continuará siendo importante.
¿Para qué queremos comunicarnos?
Hace más de siglo y medio, Antonio Meucci buscó una manera de escuchar a su esposa desde otra habitación.
Hoy podemos comunicarnos a través de continentes y océanos.
Hemos conseguido que una voz llegue casi hasta cualquier lugar donde exista una conexión disponible.
Y, sin embargo, todavía hay distancias que no se miden en kilómetros.
Son las que aparecen cuando dejamos de conversar, cuando olvidamos agradecer o cuando permitimos que el silencio se instale entre personas que alguna vez fueron importantes para nosotros.
Ninguna antena puede resolver por sí sola esas distancias.
Ningún satélite puede reemplazar una decisión de cariño.
Quizás el próximo gran avance de las comunicaciones no necesite una nueva generación de teléfonos, una red más veloz ni un satélite más poderoso.
Quizás necesite algo mucho más sencillo.
Que alguien se atreva a llamar a quien lleva demasiado tiempo esperando escuchar su voz.
Porque después de casi dos siglos de esfuerzos para acercar a la humanidad, la llamada más importante todavía podría estar por hacerse.
Y esa llamada puede comenzar hoy.
¡Vamos, que se puede!
Fuentes documentales para verificación editorial
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Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), Facts and Figures 2025 y Facts and Figures 2026, estadísticas de telefonía móvil.
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UIT, comunicado internacional del 3 de noviembre de 2026 sobre conectividad digital.
-
Parlamento del Reino Unido, respuesta del 10 de junio de 2026 sobre cabinas telefónicas públicas.
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Enciclopedia Treccani, biografía de Antonio Meucci.
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Cámara de Representantes de Estados Unidos, resolución H. Res. 269 (2002).
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